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La Saya pregada

La Saya pregada


Poco se ha hablado de la saya «pregada» o plegada de color negro relegada a un segundo plano por los coloridos manteos. Prenda femenina que llevaba mucho trabajo en su confección.


Así habla de ella el gran Gustavo Cotera en su libro «La Indumentaria Tradicional en Aliste» no hay que olvidar que fue gala de la indumentaria alistana, su uso viene de antiguo como su tosco paño estriado por infinidad de pliegues como las hojas de un libro. Enteramente de jerga casera o tela fina poco trabajada, decían que si se ponían estiradas se veía el aire al trasluz porque quedaban finas, desde luego, más fina que el paño destinado a las capas pardas. Si no están flojas, si no se dejaban finas, no se podían hacer los «priegos» o pliegues.

Para hacer una saya fina estarían las jergas en el molino pisón, al menos un día, las gordas aproximadamente tres. Algunas mujeres las pisaban o «enfurtían» a mano en casa en un recipiente con poca agua y a base de jabón casero, golpe va, golpe viene, durante horas iba la pieza soltando el pelo hasta quedar «entrepisada».

Precisaba dos jergas, o dos jergas y media (cada jerga aproximadamente 2 metros de tela), cercana a 7 metros de tela en total, para plegarse luego, arrojando un vuelo espectacular. Debido a esto también se la conocía en algunos lugares como «saya de los siete paños».


En un principio las piezas lucían el color pardo rojizo natural del paño de lana, luego eran teñidas de negro tintadas con piedra negra, o piedra campeche o bien con «cascas» o cáscaras de aliso, dando estas últimas un negro más «arrojao».

Comenzaba entonces la meticulosa tarea de ir cogiendo los «priegos» o pliegues atravesándolos con «liñas» o hebras de hilo; la anchura de cada frunce apenas rebasaba los dos centímetros.

Se tiraba la jerga en el suelo, se cortaba un palo de una anchura conforme se quisiera el ancho del pliegue, con una punta de jabón se marcaba toda la saya con el palo y se cogia de pliego en pliego hilvanando de arriba abajo.

En la parte de arriba de la saya, se ponían, formando su cinturilla, largas cintas pañeras, yendo ambas posteriores a atarse sobre el vientre, mientras que el par delantero iba anudado atrás a los «cuadriles».
Sólo restaba para ultimar la prenda, añadirle una jerga angosta y no tan fruncida; hacia los «cuadriles», sendas aberturas verticales de unos quince centímetros.


El ruedo de la saya plegada se defendía interiormente con el malbete. En la parte de abajo, algunas de estas sayas se guarnecían con la «rodadura», «vaivete» o malbete, franja del mismo paño cosida al borde como defensa de la saya contra el roce.

El siguiente paso era plancharlas y como no había planchas se hacía poniendo peso encima, pesadas «lonjas» o losas, para conformar los pliegues después de meterlas en una caldera de agua hirviendo de las de cobre.

Finalmente se metían en el fondo del arca bien asentadas con toda la demás ropa encima.

Llegada la hora de ser lucida, no quedaba sino quitar las liñas que ensartaban sus pliegues y que ya nunca «se volvían» o deshacían.

«Debajo de la saya algo haya»

Porque una saya no es un manteo que da vuelo por si solo, el manteo se campanea al bailar pero no se levanta, dicen que si se posa se mantiene solo en pié,en cambio la saya como no tiene tanto peso, digamos, que levanta el vuelo.


Se podían vestir sobre dos, tres, o cuatro manteos, verdes, amarillos, etc, hasta dar a la silueta el aire de una campana, porque relumbraban bien los bajos y para que rodaran lo convenido, esponjando el vuelo; así presumían las mozas en los bailes que daban con gracia «el rebrinco» levantando el ruedo de la saya con la puntera.

Y sobre todo las novias ya que la saya pregada era gala de la boda o traje de boda y que jamás servía luego de mortaja.


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