La Cocina, la Lumbre y la Chimenea: Corazón de la Casa Alistana
La Cocina como Testigo Familiar
Gran parte del tiempo en casa se pasaba en la cocina, oscura pero acogedora. Allí se contaban relatos de ánimas, pastores, lobos y sierras, compartidos por padres, madres y abuelos. Los bancos y las bancas acogían a toda la familia, alrededor de los dos únicos fuegos: el de la lumbre y el calor humano.
No solo se contaban historias; la cocina era también un espacio de transmisión de saberes. En ella se enseñaban los oficios domésticos, las labores del campo, las palabras propias de cada región, y los ritos y leyendas que habían perdurado durante siglos. Por sus rincones circulaban y se compartían los sucesos que marcaban la vida de la familia.
La Cocina: Una Sala de Espera
En muchos sentidos, la cocina funcionaba como una especie de «sala de espera». Allí se aguardaban los acontecimientos familiares o el momento de salir al campo cuando el tiempo lo permitía. Era un espacio donde se vivían horas de rutina y de encuentro, donde la vida transcurría lentamente, pero con intensidad.
La Cocina de la Casa Alistana
En la planta baja de la antigua casa alistana se encontraba una de las estancias más importantes: la cocina. La vivienda se accedía por una puerta de «cuarterón» que abría a un zaguán con suelo de pizarra y paredes de adobe encaladas, al igual que la chimenea sostenida por un robusto tronco de «negrillo» (olmo). Frente al fuego, una enorme piedra de granito, el «murrillo», separaba la lumbre de la pared.
Desde el «calderizo» colgaban llares ennegrecidas por el humo, con calderas de cobre y calderos de latón o zinc. Alrededor del fuego se disponían utensilios esenciales: «estenazas» (tenazas), fuelles especialmente apreciados los de Codesal, potes de distintos tamaños, parrillas para asar, «estrebes» (trébedes) y la clásica sartén de patas, todo iluminado por la tenue luz del candil y el resplandor de la lumbre.
Mobiliario Sencillo y Funcional
El mobiliario era artesanal y de madera. A un lado se encontraba el escaño, banco ancho con reposabrazos y respaldo alto, a veces colocado frente al fuego para protegerse de las corrientes. También estaba la «escañeta», más pequeña, y la «banquilla», banco largo y estrecho. Otros bancos y bancas se colocaban alrededor de la lumbre. Al fondo, la mesa familiar servía para comer de la misma fuente de barro y beber de la misma jarra, que luego se guardaban en los «vasares», junto a cucharas y los famosos «tenedores portugueses».
La Cocina en Tiempos de Matanza
Durante la matanza, las paredes y varales se llenaban de productos del cerdo, curados al humo, que adquirían un aroma y sabor característicos. Muchas casas contaban con horno de leña, ya fuera adosado a la pared de la lumbre o en un espacio aparte en el corral. Allí se cocía todo: sopas en el pote y cazuelas de barro, y allí transcurría gran parte de la vida familiar durante el invierno.
Recuerdos de una Vida que Aún Añoramos
Aquella vida, ni buena ni mala, era la que tocaba vivir. Hoy la recordamos con nostalgia: un tiempo que, curiosamente, añoramos pero no deseamos que regrese, y que nos permite valorar la sencillez y la calidez de la vida en torno a la lumbre y la familia.



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